miércoles, 4 de enero de 2012

La llamada del lobo (II)

Hoy su aullido es más intenso. Y fuerte. Y corre. Corre como el viento. Corre y aúlla a la vez sin perder el aliento.

Sus patas son fuertes como robles. Se hunden en la nieve y vuelven a salir. Corre como si le persiguiera la muerte.

De nuevo aúlla. Tan intensamente que le duele la garganta, pero no importa. Quiere aullar. Lo necesita. Y corre. Corre más que nunca. Es un estado de excitación absoluta.

No es nerviosismo. Es otra cosa. Es impaciencia. Es ansia. Es necesidad. Necesidad de libertad. Y por eso corre. Corre como si le quemara el suelo. Como si el bosque desapareciera tras sus patas.
Corre para alcanzar la luna.

La luna. Tan redonda. Tan blanca. Tan brillante. La luna y sus promesas de libertad. Sus promesas de amor. Ella sabe lo que el lobo quiere. Ella sabe lo que el lobo necesita. La luna le tiene embelesado. Hipnotizado. Y el lobo corre tras ella. La luna.

La luna es su amante desnuda. Su amante impaciente. Su amante ardiente. Su amor platónico. Su necesidad. Es todo lo que quiere. El lobo. La luna. La noche.

Y por ello, el lobo persigue a la luna y aúlla a la noche mientras corre buscando la libertad prometida por su blanca amante. Por su diosa de marfil. Por su luna. Por ella, corre. Y aúlla.
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